El profesional bibliotecario tradicional busca esencialmente atender a la demanda, nunca crearla. Esto es algo muy particular, peculiar de nuestra profesión. Todos los demás profesionales trabajan con creación de demanda, es decir buscan ampliar su público. Los bibliotecarios generalmente no. Abren su tienda y esperan que lleguen los clientes. Y parece que poco se preocupan, siempre y cuando su biblioteca esté perfectamente organizada.
Profesor Luis Milanesi
El papel del bibliotecólogo en la sociedad de la información...
Son varias las ocasiones durante el año (de todos los años) que escucho (o leo en mi correo electrónico) el reclamo de muchas bibliotecarias y bibliotecarios sobre el poco reconocimiento hacia la profesión de parte del Estado nicaragüense y la sociedad en general. Aunque la práctica bibliotecaria (organizar información y facilitar su acceso a la población) data desde tiempos inmemoriales, la profesión como tal inicia con su enseñanza formal universitaria en 1974 y el reclamo junto con las y los primeros graduados en 1978. Entre el período 1981-1983, el reclamo se hizo más evidente y, como es de suponer, no faltan las ocasiones (encuentros, congresos, seminarios) para hacerlo patente. Y es que en verdad, la bibliotecología como muy pocas otras ciencias y/o prácticas recibe tan poco reconocimiento en Nicaragua.
El embate a la profesión
En esta lucha que parece eterna, en lo particular me he enfrentado con dos planteamientos provocadores que me hicieron en la Universidad Centroamericana (UCA) cuando era docente de la desaparecida carrera de bibliotecología y que me ponían la piel erizada, aunque, tiempo después, muy poco tiempo después, acabé aceptando la validez de los mismos. El primero, en la década de los 80, la afirmación, tajante por cierto, de una socióloga en una plática informal como usuaria de un centro de documentación en la cual manifestaba que “los bibliotecarios teníamos que reivindicarnos ante la sociedad”. Absurdo pensé y mi objeción, tímida por cierto, estuvo más plagada de pasión que de argumentos. Al fin y al cabo, yo estaba seguro de mi profesión y, de mi propia práctica profesional. Sin embargo, así como ella, habían otros/as representantes de otras profesiones que de diversas formas (unas habladas, otras con puros gestos) manifestaban lo que la socióloga había manifestado en forma diáfana.
Posteriormente, en la década del 90, en pleno desmonte de las conquistas sociales (educativas y de salud) de la década anterior, un decano en plena lucha sindical por los derechos de los docentes universitarios, planteaba que “no bastaba con ser honrado, sino que había que aparentarlo”, en alusión al papel que las y los profesores desempéñabamos en la universidad. Mi reacción fue pensar en lo absurdo del planteamiento. Al fin y al cabo, yo estaba seguro de mi vocación docente y si yo lo estaba, pensaba, también lo estarían el resto de mis compañeras y compañeros que ejercíamos la docencia y defendíamos nuestro derecho al trabajo y reivindicábamos un reconocimiento salarial.
Sin embargo, el tiempo le ha dado la razón a quién en forma directa (la socióloga) y en forma indirecta (el decano) planteaban que los bibliotecarios debían, por un lado, reivindicarse y/o no conformarse con saber que “somos importantes y necesarios”, porque de hecho, eso lo sabemos nosotros, los y las profesionales de carrera y quienes sin serlo, trabajan en bibliotecas, centros de documentación y archivos. Es decir, un reconocimiento a lo interno de la profesión. Exclusivo.
Y es que es fácil demandar un reconocimiento. Todas las personas anhelamos un reconocimiento por lo que hacemos. Es un estímulo objetivo. Y si dicho estímulo está acompañado de un “reconocimiento” ecónomico o salarial, el estímulo es pleno. Completo.
El legado bibliotecario de Carlos Fonseca
Por ello un grupo de profesionales bibliotecólogos, aglutinados en la recién formada asociación profesional (ANIBIPA), en el período 1982-1984, asumieron el 8 de noviembre, fecha del natalicio de Carlos Fonseca Amador, padre de la Revolución Popular Sandinista, como el día nacional del bibliotecario. Obviamente que tal escogencia tenía (tiene) el objetivo de alcanzar el reconocimiento deseado.
Definitivamente que las crónicas son muy pobres en cuanto al paso de Carlos Fonseca por la biblioteca del colegio Ramírez Goyena. Para unos era el simple bibliotecario y para otros era el inspector a cargo de la biblioteca. No más. Sin embargo, su frase “y también enséñenles a leer” convertida en lema de la guerra contra el analfabetismo funcional que se impulsó en la década del 80, Carlos la aplicó como bibliotecario formando círculos de estudio a partir de la lectura de textos seleccionados por él con el objeto de que los estudiantes adquirieran el conocimiento necesario para entender (y leer) la realidad y poder transformala. Una función política de la biblioteca en contraposición a las funciones técnicas bibliotecarias en las que nos empeñamos en Nicaragua.
Las y los bibliotecarios manejamos información y no sólo un rimero de libros colocados organizadamente en los estantes. Lograr que cada libro sea leído por un/a usuario/a es una de las principales misiones de nuestra profesión. Es uno de los eje fundamentales de la bibliotecología: “a cada libro un lector, a cada lector un libro”. Y para ello es necesario no quedarse esperando la llegada de los usuarios a la biblioteca demandando información. Esta, como hacía Carlos Fonseca, debe salir de los estantes al encuentro de las personas de la comunidad. En otras palabras las y los bibliotecarios debemos, como bien lo manifiesta el profesor Milanesi: “Crear demanda, volver la biblioteca útil para el mayor número posible de personas...”
¿Es oportuno celebrar el día del bibliotecario el 8 de noviembre?
Aproximándose la fecha de la celebraión de la y el bibliotecario, y buscando unas normas jurídicas sobre comunicación, bibliotecología y otros temas, descubrí con sorpresa que, al menos en el archivo disponible al público a través de la WEB de la Asamblea Nacional, no hay ninguna ley o decreto que asigne oficialmente el 8 de noviembre, como nuestro día nacional. Es decir, en apariencia es aún un día no oficial. Este hecho es para mí una oportunidad que no puede dejarse escapar. Y creo que las y los bibliotecarios tenemos dos caminos.
El primero es aceptar el 8 de noviembre como nuestro día, formular una propuesta de ley fundamentando porqué se quiere (debe) honrar la memoria de Carlos Fonseca, en el que el argumento supere el simple hecho que trabajó en una biblioteca.
El segundo camino es buscar otro día. Otra persona u otro hecho que emular para celebrar nuestro día. Pero cualquiera que sea, además de fundamentar la propuesta de ley, las y los bibliotecarios tenemos que reinvidarnos ante la sociedad. Demostremos para qué somos buenos. Demostremos con la práctica el rol que desempeñamos en el tinglado profesional nacional. Demostremos que la biblioteca y nuestro trabajo es últil para el mayor número posible de personas. Este es el desafío.
Y el legado de Carlos es vital. Y muchas y muchos bibliotecarios en los municipios y en las comunidades semi-urbanas y rurales del país lo ponen en práctica: llevan el libro fuera de los estantes. La apuesta de las y los bibliotecarios es promover el estudio que ayude a las personas a entender las verdaderas causas de sus problemas comunitarios y, en consecuenia, ayudarles a buscar la solución duradera a los mismos. Esta práctica bibliotecaria es la que necesita sentir Nicaragua. Esta es la práctica que a mi modo de ver nos ayudará a conseguir ese tan pretendido reconocimiento.
Por mi parte acepto este legado y asumo el reto. Estoy seguro que es el camino correcto de la reinvindicación. No visualizo otro.
Bibliotecólogo
jcampbellj@yahoo.com
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